viernes, 21 de junio de 2013

Cuando hice ese click



El 2009 me sentía media desmotivada con la sociología y los autores: nunca me he "casado" con los autores, porque considero que eso hace que tus reflexiones y estudios sean sesgados. Al poco tiempo me empezó a llamar la atención eso que los europeos hablaban del cuerpo, y que no solo lo consideraban de manera física, sino que lo entendían a partir de lo social.
¿Cómo?...La sociología empezaba a ser una protagonista post moderna del cuerpo. Esto me llamó poderosamente la atención, dije "me voy a poner a leer sobre esto" y lo encontré interesante. Es ahí cuando comenzamos a conversar del tema con Pepe, Marlen y Valeria, y encontramos que sí era pertinente que la sociología manejara estos temas tal vez distintos, ubicados fuera de lo común. Sin embargo, poco a poco analicé que no solo lo podíamos observar desde ese plano, sino en que, en parte, podía encajar o funcionar con el objetivo de trabajar juntos.
En un principio comenzaron esos cuestionamientos típicos que uno tiene con su propio cuerpo, desde la observación física, que tenía un poco de guata o me faltaban senos, todo lo típico. La estatura no me la cuestioné, porque nunca ha sido algo que me acompleje en verdad. Siempre me acordaré de mi primer pololo, que decía que lo mejor venía en frasco chico. Luego reflexioné acerca de ese cuerpo ideal y me acordé de las clases de modelaje que tomé durante mi niñez, en Venezuela, donde se cultivaba esa falsa belleza de mujeres que mantenían un culto al cuerpo exagerado, y que se convertían en esa oferta ideal para el universo machista, dedicada a muchos hombres que no apreciaban más que la dimensión corpora. Al tiempo, me quedé pensando cuando mi prima venezolana, que es nutricionista, me dijo que había ahorrado dinero, pero no para viajar, si no para "hacerse las lolas", vale decir, ponerse implantes mamarios. De este modo, según ella, llamaría más la atención de los hombres.
Nuevamente, entré en contradicciones y pensé "¿y eso por qué?". Son cosas que una reflexiona con respecto de ese cuerpo ideal y de modelo al que nunca he aspirado. Creo que siempre, al final, como en un cliché, es lo que menos trasciende en una persona.
Empezó a pasar el tiempo y había dejado de lado el tema del cuerpo, cuando comenzó mi último año de carrera. En ese entonces, David Le Bretón visitó Chile y yo, como lo admiraba, fui a pedirle una foto como si se tratara de una estrella de farándula. El hombre, muy sencillo, contó el caso de la reconstrucción del rostro de una mujer española y su resociabilización después de este suceso. Fue entonces cuando volvió a mi cabeza esa inquietud de ver el tema del cuerpo de otra forma, pero no encontré nada en ese momento…
Luego vino un suceso que cambiaría la forma de pensar mi vida para siempre y fue la enfermedad de la madre de mi mejor amiga. Esto tiene máxima relación con las teorías más extravagantes o distintas respecto del cuerpo: la madre de mi amiga tenía cáncer y le estirparon varias partes de su cuerpo, órganos que significaban la pérdida de su ser como mujer, por lo tanto, en ese momento vino a mi mente el cómo tratar una enfermedad tan compleja desde el punto de vista médico, si muchas de las problemáticas que ellas acarrean son sociales, cómo puede uno  pensar en la pérdida de alguna parte del cuerpo, más por el impacto en los otros, que por el impacto en uno mismo. Como decía Le Bretón, "somos el reflejo de lo que los otros miran de nosotros"…
Allí comenzó mi investigación, con un tema que nunca me había apasionado tanto en sociología. Poco a poco he ido encontrando las aristas de este mundo, a medida que escribo, pero la inquietud surgió al mismo tiempo que viví la enfermedad de mi amiga. Ese fue el momento en que nos convertimos en hermanas de cariño, ya no era tan simple como el apoyo que se da a cualquier amiga, no se podía sólo decir  "qué pena, tu mamá tiene cáncer”: era convivir con eso a diario. Por otro lado, la connotación que tiene esa palabra, "cáncer", en nuestro vocabulario, tan dotada de mortalidad, de crudeza, tiene sentido además en la forma en que te afecta al ser un adulto y tu pareja  no es capaz de comprender los cambios con tu propio cuerpo diferente, se espanta, se encuentra con algo muy distinto. Entonces descubrí lo que era el amor pleno, porque cuando tienes cáncer lo que más necesitas es afecto. Aunque suene repetitivo en mi discurso, cuando alguien me pregunta por cáncer y cómo se sienten los parientes que han tenido la enfermedad, la frase del amor hasta parece un cliché.…Gema, la madre de mi querida amiga Maria Paz, tenía síntomas de recuperación, digamos, brillaba espléndida al momento de compartir con otros, recibiendo el cariño y el afecto. Sonriendo de la mejor forma, como la mujer coqueta que era, parecía olvidar lo difícil de su enfermedad. Su sonrisa me quedó marcada aquel día de la madre en que compartimos, pero una sensación extraña me dijo que sería el último día que la vería sonreír.
El 20 de mayo, en medio de las protestas de Hidroaysén, Gema se fue de esta tierra, dejándole una misión a su entorno y en especial a mí: luchar contra el cáncer, pero desde lo social. No quisiera sonar como alguien “engrupida”, pero desde ese momento di una vuelta y entré al instituto oncológico a trabajar con mujeres con cáncer, que no tenían recursos, específicamente hacer un estudio de resociabilización de éstas mujeres en su estapa post operatoria. Al principio no fue fácil, porque a nadie le interesa contarte sus penas y sufrimientos a otros, y todo lo que significa tener esta enfermedad con pocos recursos. Trabajo directamente con una agrupación que ha defendido sus derechos en la calle, colgando sus sostenes por el cáncer de mama y por el costo de los medicamentos que el estado no les ayuda a financiar y, en cierta forma,  las deja morir. Sin exagerar, fui testigo de esta clase de negligencias, nadie me lo contó: he visto morir a varias mujeres, pero lo que siempre conservo es su rostro sonriente con ganas de vivir.
Pienso que esto es una lucha no solo médica sino social, de todos nosotros, y quizás cuando vuelva leer estas palabras en unos años más no siga pensando que soy una soñadora más, ni menos engrupida.

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